Más de 150 aeronaves de EE. UU. dominaron el cielo para capturar a Maduro: así fue “Operation Absolute Resolve”

Un despliegue sin precedentes de poder aéreo, desde cazas furtivos hasta aviones de guerra electrónica, aseguró el éxito del golpe militar más audaz en Latinoamérica en décadas.
No fue un simple ataque: fue un mensaje de supremacía estratégica.

La operación militar de EE. UU. que llevó a la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 involucró más de 150 aeronaves de distintas capacidades, incluyendo cazas, bombarderos, aviones de guerra electrónica, vigilancia, reabastecimiento y helicópteros de asalto.
Entre los aviones que apoyaron la misión están: F-22 Raptor, F-35 Lightning II, B-1B Lancer, EA-18G Growler, E-2D Hawkeye, drones de inteligencia y múltiples helicópteros especializados.
Estos activos se usaron para establecer superioridad aérea, inutilizar defensas y garantizar la inserción de fuerzas de élite que capturaron a Maduro y su esposa.

Operaciones de este tipo jamás habían reunido a tal variedad de plataformas en un solo teatro de operaciones. La combinación de cazas de quinta generación (F-22, F-35) y aviones EW (guerra electrónica) como el Growler muestra cómo EE. UU. prioriza la dominación de espectro completo: aire, radar, comunicaciones y apoyo de inteligencia.
Este nivel de integración de sistemas refleja doctrinas modernas que ya se han probado en conflictos recientes como en Europa del Este y Medio Oriente.

Este despliegue no fue una acción aérea convencional: fue una demostración de capacidades combinadas para neutralizar amenazas y proteger fuerzas especiales en territorio hostil.
El uso de aeronaves de guerra electrónica (Growler) y vigilancia avanzada (E-2D Hawkeye, drones ISR) sugiere que EE. UU. priorizó desorientar redes de radar y comunicaciones antes de cualquier enfrentamiento directo con defensas locales.
La presencia de cazas furtivos como el F-35 y F-22 indica también que se garantizó superioridad aérea absoluta, reduciendo al mínimo cualquier riesgo para las fuerzas terrestres que ejecutaron la captura.
Este tipo de operación redefine los límites del poder aéreo en el siglo XXI y plantea interrogantes serios sobre soberanía, escalada regional y precedentes legales. 

¿Estamos ante un nuevo umbral donde la superioridad aérea decide no solo conflictos, sino gobiernos? 

 

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